martes, 30 de octubre de 2012

Ojos en la oscuridad


XXVIII - unas palabras

una frase para el café:

Creo que la sociedad evolucionará cuando lo haga el ser humano. Y, por lo que llevo oído y leído, somos igual que éramos hace dos mil años.

unos versos:

Huele inmensa la mar
rompiendo latigazos contra la arena.
Duerme la llanura de césped,
verde cuerpo de vello verde.
La bruma derrama un vaso de leche
en el tacto casi suave del horizonte.
Dos corazones emprenden el latido
huyendo de las calles manchadas de gentío.
El nocturno litoral devuelve una brisa,
un eco de besos que se vuelan de los labios.
Las caderas hoyan el rocío
y se golpean ilesas en caricias.
Abre la calma su abanico,
lo bravo deviene manso,
gira el torbellino hasta caer desvanecido.
Vienen trompetas desde el silencio.
Huyen las bocinas al abrigo de los barcos
y allí desahogan y gimen.
Las olas salpican el cielo
de caballos diminutos y marinos

lunes, 29 de octubre de 2012

Toda una declaración

Es difícil saber a ciencia cierta qué pretende decir este admirador o admiradora de Amalia Rodrigues, la famosa cantante de fados lisboeta... pero se intuyen muchas cosas.

viernes, 26 de octubre de 2012

El futuro es como un punto de fuga, lejano e inevitable.


XXVI - unas palabras

una frase para el café:
 
Si las paredes hablaran contarían poca cosa. Que apenas se las pinta… Que hubo un tiempo que escondieron tesoros… Que sin quererlo nos
llevaron a la ruina.
 
unos versos:
He llegado hasta mí.
No veo camino que continuar.
Salvo mi sombra, que sombra es,
soy luz a medio camino entre ciego que los ojos cierra
y la tersa piel de un sol a punto de reventar.
Legué mi memoria cuando más la necesitaba.
Atrás quedaron los recuerdos
como débiles hojas del otoño,
alcanzando acuerdo para el suicidio.
Yo peregriné todo el pensamiento
hasta de nuevo llegar a mí.
Detengo mi tiempo y aquí me quedo,
barriendo todas las frecuencias
a la espera de una razón para seguir.

jueves, 25 de octubre de 2012

El rey sol


XXV - unas palabras

una frase para el café:
 
Estoy por encontrarme con aquel que tiene lo que se merece. O tenemos menos, o tenemos más; nunca lo realmente merecido.
 
unos versos:
 
Un rayo de luz torcido
y prematuro.
Que vendría, se conocía.
Sentado se esperó, como ha de esperarse al Mesías.
Y devino inesperado,
como ola que llega para quedarse
sin regreso conocido.
Apareció tierno y frágil, como una idea
Florecerá, seguro, como una idea,
hasta probarse.
Aquel prematuro rayo de luz
que nació torcido.

miércoles, 24 de octubre de 2012

¿Anochece o amanece?


XXIV - Unas palabras

una frase para el café:
 
En mi adolescencia leí una de las cosas que más me han impactado en la vida. Un científico afirmaba que la probabilidad que tenía una persona de estar en este mundo era igual a la probabilidad que tendrían millones de letras vertidas en una piscina de caer ordenadas conformando el libro de El Quijote.
 
unos versos:
 
Al fin me encuentro en él,
ni más allá, ni más acá.
En el centro exacto,
en la duda misma.
 
Jamás a él se llega
si uno es decisivo siempre.
Acierto o fallo, relativo es,
dirime el tiempo y la fortuna.
 
Pasarse tampoco es bueno,
es la ruina permanente,
inercia enloquecida;
la muerte prematura.
 
Es el centro exacto de la duda
mi eterna felicidad –si es que existe-,
el incesante vibrar de los sentidos
-que seguro existen-
El vórtice que gravita sobre el centro de la duda
mantiene mi alma viva, siempre inacabada...
Con todo por hacer.

martes, 23 de octubre de 2012

Sahara


XXIII - unas palabras

una frase para el café:
 
Si dejáramos volar nuestra imaginación como dejamos volar el verbo, habríamos descubierto mundos nuevos. Si no, al menos hubiéramos
mentido menos.
 
unos versos:
Por una vez,
consentí mirarme el ombligo.
Todo el mundo se lo miraba
y quedaba muy complacido.
Quise yo curiosear ese gatero.
En la entrada, vi tan sólo
pelusas recién tejidas.
Llevé los ojos ombligo adentro,
hasta la hondura,
y constaté que también allí
sólo pelusas había.
Qué vicio tan humano humillarse
ante el color sucio y el color negro.
Qué desperdicio de tiempo.
Qué desperdicio de agujero.

lunes, 22 de octubre de 2012

Disolución


XXII - unas palabras

una frase para el café:
 
Una de las actitudes que menos nobleza de espíritu muestra es negar las ideas a los demás, como si tuviéramos la certeza que han nacido en
nuestra cabeza y son personales y exclusivas.
 
unos versos:
Inmundo cenagal en que de bruces caigo
a imagen de crucifijo leve. Lentamente.
Absorto, pensativo, ensimismado quedo.
Boca abajo.
Cuánta encrucijada desgranan mis ojos
por la inmundicia en que me hallo,
fagocitado por la duda,
que pone clavos a mis manos.
Trueno yo dentro de mí mismo
hasta atormentarme todo,
ya se cuidarán la nube y el pedrisco
de repartir mis pedazos.
¿Volarán trozos vagabundos
dispersando la bruma? Quién lo sabe.
Haría decisión del pedrisco, después sombrero
y al fin cabeza, guarda de mi razón.

domingo, 21 de octubre de 2012

Principio de correspondencia

"Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba"
 

XXI - unas palabras

una frase para el café:
 
Nunca debemos confundir la decisión de la mayoría con la decisión acertada, ni tomarnos la de un iluminado como una decisión infalible.
 
unos versos:
 
Un ajado redoble envolvió el aire,
quieto entre ventanales boquiabiertos,
y el cielo agrisó de repente.
No bastó mirar con ojos tristes y piadosos.
No bastó mirar. Estremecerse, tampoco.
Años de tortura cebados en un solo cuerpo,
esclavo de su misma altura.
Retorcido y atrapado en sí,
fallida tentativa de cubismo
rozando lo abstracto.
Risa y llanto.
Risa y llanto meciéndose en la misma cuna,
cada melodía escuchada por distinto oído.

sábado, 20 de octubre de 2012

Arcos convergentes


XX - unas palabras

una frase para el café:
 
Pasamos de no saber qué vestirnos a no saber desnudarnos.
 
unos versos:
 
Los caminos de mis venas
buscan la sal de las mareas.
Traigo imágenes agolpadas,
sentimientos girando alocados;
un baile de tornados en el aire de mi pecho.
Se alzan brazos como alas
sobrevolándose a sí mismos,
izando hacia arriba el cielo.
Y unas piernas desnudas,
desnudas y morenas,
descienden a lo jondo,
hundiendo hacia abajo el suelo.
Siguen los dedos jugando a coger el aire.
Se humedecen y embrujan los acentos.
Se perdonan la mala ortografía y el cortejo de pecado.

viernes, 19 de octubre de 2012

Se nos van los buenos tiempos


II - Unos versos



Busco entre las vetas de mármol
las viejas palabras de vuestro epitafio,
escarbo con los dedos en las motas de polvo
que envuelven vuestras mortajas.
Sólo enfrenta mis oídos la voz del viento,
enfurecida, eso sí, por siglos.
Volvió la pescadilla a morderse la cola
como la historia a pisarnos los talones.
Mientras agosten los trigos en Castilla,
no se os puede dar por muertos.
El dorado de la espiga os convoca, Comuneros.

II - Una frase para el café


Hay ocasiones en que no es preciso decir nada mientras tomamos un café, sólo así podremos saborearlo.

jueves, 18 de octubre de 2012

Objeto volante no identificado

La naturaleza nos ofrece a veces unos puntos de vista donde solo es preciso aplicar un poco de imaginación para presenciar cualquier fantasía que alberguemos.

I - unos versos

Mirarse.
Estremecerse.
Rubor.
Acariciarse.
Abrazarse.
Un beso, quizá dos.
Decir te quiero.
Hacer mil y una veces el amor.
Jurar sin ti no soy nada.
Soñar la vida en común.
Hasta que la muerte nos separe.
Un hijo, quizá dos.
Engaños dolorosos.
Riñas sin sentido.
Disputa y sinrazón.
Mano al aire que se frena.
Mano que no frena… un bofetón.
Un respeto se quiebra.
Vaga perdida la esperanza.
Uñas negras abren el corazón.
Una herida, quizá dos.
Y todo terminó.

I - una frase para el café

una frase para el café:
Somos lo que pensamos… Somos lo que decimos… Somos lo que hacemos y lo que dejamos de hacer… Somos, sobre todo, lo que imaginamos ser.

miércoles, 17 de octubre de 2012

XXII - unas fotografías



XIX - unas palabras

una frase para el café:
 
La Historia Sagrada no dejaría de ser una bella historia si no fuera por la existencia de Caín y Abel.
 
unos versos:
 
Te sonrojas al mirar que te miro.
Nos contagiamos el color
y la duda nos alcanza.
Lees mi rostro en la distancia
como la nube el campesino.
Yo, más que leer, me deleito
en el pentagrama que tu rostro adorna.
La redonda, tu cara.
Las negras, tus ojos.
Las blancas emergiendo de tu boca,
las corcheas que respiras,
las fusas que imaginas.
Te sonroja que todo quede en eso.
Las miradas encendidas te sonrojan.
Las brasas de rabia y el rojo blanco de la ira.
Te quema el sufrimiento,
el propio y el ajeno.
Te acaloran la dicha y la desdicha,
la hoguera que adoramos,
la noche de hielo.
Es el bullicio de la sangre
por las aceras de tu concurrida 17 Avenida.

XXI - El cuentista del círculo vicioso



El año anterior sí existía ese maridaje entre historia y narrador.
Me encontraba sobre el filo de una navaja, en uno de esos momentos
donde dar un paso hacia adelante no era avanzar si se hacía frente a
un precipicio. Sólo me quedaba un as en la manga, y parecía a todas
luces insuficiente para una partida que debía durar hasta el siguiente
otoño. Aprovechando que al siguiente año se cumpliría el ciento
cincuenta aniversario del nacimiento de Allan Poe, escritor que me
apasionaba y me había brindado muy buenas tardes con sus obras, se
me había ocurrido escribir un cuento, muy en su línea, con el que
finalizar la temporada. Su argumento sí casaba con el carácter del
Jinete sin Cabeza. Pero el infortunio siempre se cruza en el momento
más inoportuno, debí haberme dado cuenta en su día que un personaje
descabezado era más pájaro de mal agüero que presagio de fortuna,
aunque no adelantaré acontecimientos aún por venir. Bajé decapitado
toda la calle Huertas hasta mi buhardilla. Lo hice disfrazado porque no
me apetecía ver a nadie; mejor dicho, no me apetecía que nadie me
viera. Me encontraba un tanto abatido y frustrado. El estado de ánimo
debía mostrarse de forma evidente mientras descendía cabizbajo por la
estrecha acera de la calle Huertas, ya que la concurrencia se apartaba
visiblemente de orilla para evitar cruzarse con esa sombra que se
movía, llevando una tormenta sobre sus hombros y una cabeza
columpiándose de una mano.

Nací con una memoria extraordinaria, pero selectiva. Si algo entraba en
el foco de mi motivación, la memoria se volvía prodigiosa hasta el punto
de sorprenderme. Ahora bien, como fuera algo que no captara mi
atención, aquella se volvía perezosa en extremo. Unos pocos días
bastarían para memorizar el nuevo cuento, con escenificación incluida,
pero el estado de mi ánimo sembraba serias dudas. Cuando llegué a
casa sentí grandes deseos de sentarme frente al piano. Hacía algunas
semanas que no lo tocaba y me reconfortó hacerlo. El piano era una
gran dinamo que me cargaba de energía cuando conectaba los dedos.
La impecable sucesión de teclas blancas y negras tenía la virtud de
llevar paz y calma a mi espíritu. El piano tenía pocos secretos para mí
desde que mi padre me enseñara de niño las octavas y sus misterios.
Los dedos se dejaron caer por los tonos graves, lentos y torpes en un
principio, era su desahogo, con toda seguridad. A los pocos minutos, las
manos brincaban persiguiendo colibríes por el teclado, las notas agudas

habían vencido, la pesadumbre se derritió como mantequilla. Acabé
interpretando una pieza que brotó sin proponerlo, no recuerdo en este
momento cuál fue, era de Michael Nyman. Esa noche me fui pronto a
dormir, había sido un día de emociones encontradas, un día duro. Con
todo, serían peores los días que aguardaban llegar.

martes, 16 de octubre de 2012

Entrevista en Zigzag Digital

Entrevista a Carlos Aguado

“Nuestro cerebro tiene serias limitaciones, una de las más importantes es que es muy manipulable”

La Biblioteca Municipal Javier Lapeña acoge actualmente su exposición "Mirando lo cotidiano con nuevos ojos" .

Accede a la entrevista

XXI - unas fotografías



XVIII - unas palabras

una frase para el café:
 
Estamos aquí para mezclarnos, de eso no me cabe ninguna duda. El por qué… Ése sí es un buen misterio.
 
unos versos:
Un trueno espanta las gaviotas,
un huracán azota los palmerales,
abre los rediles y se despide el aire.
Gotean lluvia los poros de la tarde
y se acerca el océano en olas incesantes;
abrazos de espuma, incansables.
 
Un relámpago ciega las estrellas,
quedan pálidas las nubes
como un espejo viejo, opaco y frío.
La tarde corre sobre la arena.
Se agita y se estremece.
Suplica e implora.
Nadie hace ningún caso
y se vuelve noche,
no queda otra.

XX - El cuentista del círculo vicioso

Guardó el libro en la maleta junto con el otro ejemplar y se fue a tomar
una cerveza con la intención de festejar el acontecimiento y ayudar a
pasar el tiempo hasta que saliese su avión. Fuera casual o fortuito, a
nuestro hombre de manos regordetas no le dejaba indiferente que el
mismo libro se cruzara dos veces en su camino. Eran las tres de la
tarde cuando al avión despegaba, acumulando unos minutos de
retraso, con destino a Ciudad de Méjico. Le esperaban doce largas horas
hasta volver a pisar tierra firme, demasiadas para quien el aire no es su
medio natural.

Hacía cerca de dos horas que su avión había aterrizado sin novedad. Se
entretuvo lo necesario para recoger la maleta, aún le quedaba un largo
camino hasta llegar a casa. Se durmió de nuevo en el taxi, como lo
había hecho en el avión. Sólo despertó con el ruido del tráfico del
bulevar Municipio Libre. Apreció a su izquierda, entre bostezos, la
ciudad universitaria, mientras el taxi tomaba la 24 Sur. Páreme aquí
mismo, le comentó al conductor. Estaba cerca de casa y le vendría bien
despejarse un poco caminando. Anduvo unos doscientos metros por la
calle Luis Napoleón Morones. La noche era fresca, como suelen serlo las
noches de agosto en Puebla. Paseando entre la tenue brisa, le asaltó
algún remordimiento sobre los libros. Quizá debería haber dejado
alguno en la terminal del aeropuerto, o haber ordenado al taxi que se
detuviera un momento a la altura de la ciudad universitaria y perder
inocentemente alguno de los ejemplares. Se consoló pensando que
nunca era tarde para hacerlo. Mañana mismo, sin más demora, podría
soltar a los dos pequeños y que siguieran su azarosa vida cultivando
mentes. Así lo haría, pero eso sería mañana. Hoy prefería revolcarse en
el placer que le embargaba el pecho por ser objeto de deseo de la
casualidad. Llevaba todo el día percibiendo los diez o doce latidos de
más por minuto que su corazón le estaba ofreciendo. Corría por sus
venas la hormona de la felicidad sin tener que dar a cambio esfuerzo
alguno, sólo tuvo que estar en el sitio oportuno en el momento
oportuno. Llevaba todas estas horas imaginando la cara que pondría su
esposa cuando se lo dijera. Gabriela, cariño, no te vas a imaginar lo que
me ha ocurrido, le diría.
Le enseñaría los libros, dos ejemplares de Eros y Tanatos, el libro que ella escribiera hace ahora tres años.

Las poco más de cincuenta personas que habían tenido la paciencia de escucharme hasta el final, aplaudieron tímidamente. Eran
los incondicionales, los compañeros de plaza. Se recibió más como una


comedia de final feliz, casi romántica si hubiese terminado en un largo
beso, de esos que gustan ver a las mujeres. Pero ese día, en la plaza,
apenas había mujeres. Fue mejor recibido el saludo y brote de la cabeza
entre mis hombros, que el propio relato. Pregunté a los allegados,
confiado en que me dieran una razón convincente del aparente fiasco y
su visión como espectadores. Las opiniones fueron unánimes. Se había
producido un abismo entre el personaje que narraba y aquello que
contaba. Debí haberlo previsto.

lunes, 15 de octubre de 2012

XX - unas fotografías



XVII - unas palabras

una frase para el café:
Hay días que no me afeito por no verme en el espejo, me avergüenza mi condición; daría cualquier cosa por ser una flor y hablar con las mariposas. Por fortuna, la mayoría de los días, me dejo engañar por la
esperanza.
 
unos versos:
Cuando el Sol enfebrece
exhala fuego e inspira aire;
arde en antorchas enguantadas,
dedales de cera en los dedos.
Desenredará la Luna
lunáticos cabellos, caída la noche.
Coqueteará su cara oculta con la sombra.
Leves hilos de luz abrirán el silencio.
Más acá, un piélago de sabor profundo,
de sabor de mineral mojado.
El azul de cristal,
piel de aceite marino.
Aún más acá, una mujer se expone,
ebria de bronce.
La mar sazona su varado vientre de sirena,
las aceitunas de sus pechos
y el pubis de brécol en aceite de romero.

XIX - El cuentista del círculo vicioso



La canícula de julio se dejaba sentir en el campus complutense, donde
se desarrollaban varios cursos de verano. A la entrada del salón de
actos, una pequeña mesa se vestía de largo con una tela azul celeste.
Sobre ella, tres montoncitos de dípticos con el programa del curso “Del
escritor al lector: creación y difusión de la literatura”. Era el último día
de curso, donde la directora de la Biblioteca Nacional disertaba sobre el
presente  y futuro del libro. Junto a los dípticos, un ejemplar de Eros y Tanatos

esperaba. Un murmullo comenzó a rodear la mesita vestida de largo. Había terminado el curso y los asistentes salían ordenados y
bulliciosos. Un hombre de mediana edad, vestido con traje de chaqueta
color claro, se detuvo ante el libro. Lo cogió con sus manos regordetas
mientras leía la nota escrita en su cubierta: Soy un libro que busca a su


autora, llévame hacia ella.

Miró alrededor, como si esperara ser observado, hojeó el libro y cuando se convenció que sólo era eso, un
libro, lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. El hombre de manos
regordetas salió del campus, paró un taxi, pidió que lo llevara a unos
conocidos grandes almacenes y allí compró algunos regalos para los
suyos. La noche llegaba a Madrid cuando él entraba por la puerta del
hotel. Cenó de forma ligera, tomó una ducha y, ya en la cama, llamó por
teléfono a su esposa. La conversación fue normal en un matrimonio,
hizo un repaso de la jornada, anunció su vuelta a casa para el día
siguiente y le deseó un feliz descanso. Se dijeron algunas cosas íntimas,
pero sobran en este relato.

Después de recoger su maleta y comer algo ligero en la cafetería, un
nuevo taxi lo acercó hasta la terminal del aeropuerto de Barajas. Tomó
asiento mientras abrían los mostradores de Aeroméxico para facturar el
equipaje. Sus ojos iban de acá para allá, como dos mariposas.
Aleteaban delante de la pantalla que mostraba las siguientes salidas, se
pegaban a los cristales de las tiendas de recuerdos, observaban cómo
su reloj pasaba apenas del mediodía y se posaron sobre un bulto que
permanecía muy quieto en el asiento contiguo al suyo. No podía creer lo
que veía. Como si fuera una aparición o una tomadura de pelo, un
pequeño libro, igual al encontrado en la universidad el día anterior,
llevaba una nota escrita:
Soy un libro que busca a su autora, llévame hacia ella.
Otro ejemplar de Eros y Tanatos. Volvió a mirar hacía todos
lados esperando encontrar el objeto de la broma. Es posible que fuera
un programa de esos de cámara oculta, tan de moda. Todo era un
rápido circular de viajeros, azafatas y personal del aeropuerto. Nadie
parecía dedicar su tiempo a esperar que un desconocido levantara un
libro de un asiento. Tomó el volumen entre sus manos regordetas y lo
miró con detenimiento. No era persona que dejara pasar la oportunidad
de tomar un libro así. Nada más llegar al DF se acercaría a comprar un
boleto de lotería del 30x30, no le vendrían nada mal unos millones de
pesos, parecía que estaba en racha de buena suerte. Su cara se sonrió
al pensar lo que opinaría su hijo cuando se lo contara, ardiente
defensor, como era, de que las casualidades no existen.