miércoles, 17 de octubre de 2012
XIX - unas palabras
una frase para el café:
La Historia Sagrada no dejaría de ser una bella historia si no fuera por la existencia de Caín y Abel.
unos versos:
Te sonrojas al mirar que te miro.
Nos contagiamos el color
y la duda nos alcanza.
Lees mi rostro en la distancia
como la nube el campesino.
Yo, más que leer, me deleito
en el pentagrama que tu rostro adorna.
La redonda, tu cara.
Las negras, tus ojos.
Las blancas emergiendo de tu boca,
las corcheas que respiras,
las fusas que imaginas.
Te sonroja que todo quede en eso.
Las miradas encendidas te sonrojan.
Las brasas de rabia y el rojo blanco de la ira.
Te quema el sufrimiento,
el propio y el ajeno.
Te acaloran la dicha y la desdicha,
la hoguera que adoramos,
la noche de hielo.
Es el bullicio de la sangre
por las aceras de tu concurrida 17 Avenida.XXI - El cuentista del círculo vicioso
El año anterior sí existía ese maridaje entre historia y narrador.
Me encontraba sobre el filo de una navaja, en uno de esos momentos
donde dar un paso hacia adelante no era avanzar si se hacía frente a
un precipicio. Sólo me quedaba un as en la manga, y parecía a todas
luces insuficiente para una partida que debía durar hasta el siguiente
otoño. Aprovechando que al siguiente año se cumpliría el ciento
cincuenta aniversario del nacimiento de Allan Poe, escritor que me
apasionaba y me había brindado muy buenas tardes con sus obras, se
me había ocurrido escribir un cuento, muy en su línea, con el que
finalizar la temporada. Su argumento sí casaba con el carácter del
Jinete sin Cabeza. Pero el infortunio siempre se cruza en el momento
más inoportuno, debí haberme dado cuenta en su día que un personaje
descabezado era más pájaro de mal agüero que presagio de fortuna,
aunque no adelantaré acontecimientos aún por venir. Bajé decapitado
toda la calle Huertas hasta mi buhardilla. Lo hice disfrazado porque no
me apetecía ver a nadie; mejor dicho, no me apetecía que nadie me
viera. Me encontraba un tanto abatido y frustrado. El estado de ánimo
debía mostrarse de forma evidente mientras descendía cabizbajo por la
estrecha acera de la calle Huertas, ya que la concurrencia se apartaba
visiblemente de orilla para evitar cruzarse con esa sombra que se
movía, llevando una tormenta sobre sus hombros y una cabeza
columpiándose de una mano.
Nací con una memoria extraordinaria, pero selectiva. Si algo entraba en
el foco de mi motivación, la memoria se volvía prodigiosa hasta el punto
de sorprenderme. Ahora bien, como fuera algo que no captara mi
atención, aquella se volvía perezosa en extremo. Unos pocos días
bastarían para memorizar el nuevo cuento, con escenificación incluida,
pero el estado de mi ánimo sembraba serias dudas. Cuando llegué a
casa sentí grandes deseos de sentarme frente al piano. Hacía algunas
semanas que no lo tocaba y me reconfortó hacerlo. El piano era una
gran dinamo que me cargaba de energía cuando conectaba los dedos.
La impecable sucesión de teclas blancas y negras tenía la virtud de
llevar paz y calma a mi espíritu. El piano tenía pocos secretos para mí
desde que mi padre me enseñara de niño las octavas y sus misterios.
Los dedos se dejaron caer por los tonos graves, lentos y torpes en un
principio, era su desahogo, con toda seguridad. A los pocos minutos, las
manos brincaban persiguiendo colibríes por el teclado, las notas agudas
habían vencido, la pesadumbre se derritió como mantequilla. Acabé
interpretando una pieza que brotó sin proponerlo, no recuerdo en este
momento cuál fue, era de Michael Nyman. Esa noche me fui pronto a
dormir, había sido un día de emociones encontradas, un día duro. Con
todo, serían peores los días que aguardaban llegar.martes, 16 de octubre de 2012
Entrevista en Zigzag Digital
“Nuestro cerebro tiene serias limitaciones, una de las más importantes es que es muy manipulable”
La Biblioteca Municipal Javier Lapeña acoge actualmente su exposición "Mirando lo cotidiano con nuevos ojos" .
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XVIII - unas palabras
una frase para el café:
Estamos aquí para mezclarnos, de eso no me cabe ninguna duda. El por qué… Ése sí es un buen misterio.
unos versos:
Un trueno espanta las gaviotas,
un huracán azota los palmerales,
abre los rediles y se despide el aire.
Gotean lluvia los poros de la tarde
y se acerca el océano en olas incesantes;
abrazos de espuma, incansables.
Un relámpago ciega las estrellas,
quedan pálidas las nubes
como un espejo viejo, opaco y frío.
La tarde corre sobre la arena.
Se agita y se estremece.
Suplica e implora.
Nadie hace ningún caso
y se vuelve noche,
no queda otra.XX - El cuentista del círculo vicioso
Guardó el libro en la maleta junto con el otro ejemplar y se fue a tomar
una cerveza con la intención de festejar el acontecimiento y ayudar a
pasar el tiempo hasta que saliese su avión. Fuera casual o fortuito, a
nuestro hombre de manos regordetas no le dejaba indiferente que el
mismo libro se cruzara dos veces en su camino. Eran las tres de la
tarde cuando al avión despegaba, acumulando unos minutos de
retraso, con destino a Ciudad de Méjico. Le esperaban doce largas horas
hasta volver a pisar tierra firme, demasiadas para quien el aire no es su
medio natural.
Hacía cerca de dos horas que su avión había aterrizado sin novedad. Se
entretuvo lo necesario para recoger la maleta, aún le quedaba un largo
camino hasta llegar a casa. Se durmió de nuevo en el taxi, como lo
había hecho en el avión. Sólo despertó con el ruido del tráfico del
bulevar Municipio Libre. Apreció a su izquierda, entre bostezos, la
ciudad universitaria, mientras el taxi tomaba la 24 Sur. Páreme aquí
mismo, le comentó al conductor. Estaba cerca de casa y le vendría bien
despejarse un poco caminando. Anduvo unos doscientos metros por la
calle Luis Napoleón Morones. La noche era fresca, como suelen serlo las
noches de agosto en Puebla. Paseando entre la tenue brisa, le asaltó
algún remordimiento sobre los libros. Quizá debería haber dejado
alguno en la terminal del aeropuerto, o haber ordenado al taxi que se
detuviera un momento a la altura de la ciudad universitaria y perder
inocentemente alguno de los ejemplares. Se consoló pensando que
nunca era tarde para hacerlo. Mañana mismo, sin más demora, podría
soltar a los dos pequeños y que siguieran su azarosa vida cultivando
mentes. Así lo haría, pero eso sería mañana. Hoy prefería revolcarse en
el placer que le embargaba el pecho por ser objeto de deseo de la
casualidad. Llevaba todo el día percibiendo los diez o doce latidos de
más por minuto que su corazón le estaba ofreciendo. Corría por sus
venas la hormona de la felicidad sin tener que dar a cambio esfuerzo
alguno, sólo tuvo que estar en el sitio oportuno en el momento
oportuno. Llevaba todas estas horas imaginando la cara que pondría su
esposa cuando se lo dijera. Gabriela, cariño, no te vas a imaginar lo que
me ha ocurrido, le diría.
Le enseñaría los libros, dos ejemplares de Eros y Tanatos, el libro que ella escribiera hace ahora tres años.
Las poco más de cincuenta personas que habían tenido la paciencia de escucharme hasta el final, aplaudieron tímidamente. Eran
los incondicionales, los compañeros de plaza. Se recibió más como una
comedia de final feliz, casi romántica si hubiese terminado en un largo
beso, de esos que gustan ver a las mujeres. Pero ese día, en la plaza,
apenas había mujeres. Fue mejor recibido el saludo y brote de la cabeza
entre mis hombros, que el propio relato. Pregunté a los allegados,
confiado en que me dieran una razón convincente del aparente fiasco y
su visión como espectadores. Las opiniones fueron unánimes. Se había
producido un abismo entre el personaje que narraba y aquello que
contaba. Debí haberlo previsto.
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