lunes, 15 de octubre de 2012

XX - unas fotografías



XVII - unas palabras

una frase para el café:
Hay días que no me afeito por no verme en el espejo, me avergüenza mi condición; daría cualquier cosa por ser una flor y hablar con las mariposas. Por fortuna, la mayoría de los días, me dejo engañar por la
esperanza.
 
unos versos:
Cuando el Sol enfebrece
exhala fuego e inspira aire;
arde en antorchas enguantadas,
dedales de cera en los dedos.
Desenredará la Luna
lunáticos cabellos, caída la noche.
Coqueteará su cara oculta con la sombra.
Leves hilos de luz abrirán el silencio.
Más acá, un piélago de sabor profundo,
de sabor de mineral mojado.
El azul de cristal,
piel de aceite marino.
Aún más acá, una mujer se expone,
ebria de bronce.
La mar sazona su varado vientre de sirena,
las aceitunas de sus pechos
y el pubis de brécol en aceite de romero.

XIX - El cuentista del círculo vicioso



La canícula de julio se dejaba sentir en el campus complutense, donde
se desarrollaban varios cursos de verano. A la entrada del salón de
actos, una pequeña mesa se vestía de largo con una tela azul celeste.
Sobre ella, tres montoncitos de dípticos con el programa del curso “Del
escritor al lector: creación y difusión de la literatura”. Era el último día
de curso, donde la directora de la Biblioteca Nacional disertaba sobre el
presente  y futuro del libro. Junto a los dípticos, un ejemplar de Eros y Tanatos

esperaba. Un murmullo comenzó a rodear la mesita vestida de largo. Había terminado el curso y los asistentes salían ordenados y
bulliciosos. Un hombre de mediana edad, vestido con traje de chaqueta
color claro, se detuvo ante el libro. Lo cogió con sus manos regordetas
mientras leía la nota escrita en su cubierta: Soy un libro que busca a su


autora, llévame hacia ella.

Miró alrededor, como si esperara ser observado, hojeó el libro y cuando se convenció que sólo era eso, un
libro, lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. El hombre de manos
regordetas salió del campus, paró un taxi, pidió que lo llevara a unos
conocidos grandes almacenes y allí compró algunos regalos para los
suyos. La noche llegaba a Madrid cuando él entraba por la puerta del
hotel. Cenó de forma ligera, tomó una ducha y, ya en la cama, llamó por
teléfono a su esposa. La conversación fue normal en un matrimonio,
hizo un repaso de la jornada, anunció su vuelta a casa para el día
siguiente y le deseó un feliz descanso. Se dijeron algunas cosas íntimas,
pero sobran en este relato.

Después de recoger su maleta y comer algo ligero en la cafetería, un
nuevo taxi lo acercó hasta la terminal del aeropuerto de Barajas. Tomó
asiento mientras abrían los mostradores de Aeroméxico para facturar el
equipaje. Sus ojos iban de acá para allá, como dos mariposas.
Aleteaban delante de la pantalla que mostraba las siguientes salidas, se
pegaban a los cristales de las tiendas de recuerdos, observaban cómo
su reloj pasaba apenas del mediodía y se posaron sobre un bulto que
permanecía muy quieto en el asiento contiguo al suyo. No podía creer lo
que veía. Como si fuera una aparición o una tomadura de pelo, un
pequeño libro, igual al encontrado en la universidad el día anterior,
llevaba una nota escrita:
Soy un libro que busca a su autora, llévame hacia ella.
Otro ejemplar de Eros y Tanatos. Volvió a mirar hacía todos
lados esperando encontrar el objeto de la broma. Es posible que fuera
un programa de esos de cámara oculta, tan de moda. Todo era un
rápido circular de viajeros, azafatas y personal del aeropuerto. Nadie
parecía dedicar su tiempo a esperar que un desconocido levantara un
libro de un asiento. Tomó el volumen entre sus manos regordetas y lo
miró con detenimiento. No era persona que dejara pasar la oportunidad
de tomar un libro así. Nada más llegar al DF se acercaría a comprar un
boleto de lotería del 30x30, no le vendrían nada mal unos millones de
pesos, parecía que estaba en racha de buena suerte. Su cara se sonrió
al pensar lo que opinaría su hijo cuando se lo contara, ardiente
defensor, como era, de que las casualidades no existen.

domingo, 14 de octubre de 2012

XIX - unas fotografias



XVI - unas palabras



una frase para el café:

En un mundo tan intercomunicado, la originalidad comienza a ser un bien escaso. Aquello que nuestra imaginación recrea puede llegar a ser un traje confeccionado con retales de otros sastres.
 
unos versos:
Llega la medianoche
y se abre tu media luna
en un volcán de fuego.
Saltan las volutas a tu ombligo
y excitan mi anhelo.
 
Siembro mis miedos
en un pozo solitario
que germina,
pasado el tiempo,
vencido por la espera.

XVIII - El cuentista del círculo vicioso

- Haremos que Eros y Tanatos sea encontrado por su autora en el banco
de un parque o en cualquier otro lugar. ¿Qué te parece la idea, Alina?

- Descabellada, preciosa, apasionante... La autora es Gabriela Barreda y
es catedrática de filosofía en la Benemérita Universidad Autónoma de
Puebla de Méjico, al menos eso dice en esta nota biográfica –dijo Alina,
mientras leía la parte posterior de la cubierta del libro.

Tomaron asiento la una junto al otro, sólo separados por un aire que
vibraba al ritmo de sus pensamientos. El sonido de las teclas de los
ordenadores comenzó a rebotar por las paredes de la habitación, como
un eco que tropezara una y otra vez consigo mismo. Las pantallas
emergentes se sucedían, solapándose las unas a las otras. Trabajaron
de manera frenética algo más de dos horas. No mediaron palabras, no
hacían falta. Sólo una música de fondo pasaba desapercibida, apagada
por los ritmos de percusión que producían los teclados. Cada uno
elaboró una propuesta. Alina sugería dejar el libro en la terminal del
aeropuerto de Madrid-Barajas. Habría que llegar hasta las puertas de
embarque de algún vuelo a Méjico DF. Si el libro era adoptado por algún
viajero, llegaría, al menos, hasta Ciudad de Méjico, a poco más de 120
kilómetros de Puebla. Siendo la cuarta ciudad más grande de Méjico,
parecía lógico pensar que al menos cincuenta personas, si se tomaba
como referencia un vuelo numeroso, pudieran ser o dirigirse a Puebla.
Las universidades Autónoma y Benemérita se hallaban muy juntas y
ubicadas en una de las principales arterias de la ciudad. Podría
esperarse que si la persona que recogía el libro era capaz de
entretenerse en leer la nota que escribieran y la biografía de la autora,
relacionase ambos, y sintiera la disposición de dejar el libro en las
inmediaciones de la ciudad universitaria. Una vez allí, era cuestión de
días que el libro llegase a las manos de la catedrática Gabriela Barreda.

El hermano había conducido su propuesta por otros caminos. Erasmo
conocía a un alumno de ética y sociología que cursaba sus estudios en
la facultad de filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. En
uno de sus días de clase podría perder el libro por allí. Para alguien que
se moviera con soltura por la facultad, era pan comido dejar el ejemplar
al alcance de un profesor. Entre colegas, un libro así dejado al azar no
debería pasar desapercibido, aunque ya lo conocieran. Con poca suerte,
tras leer la nota, circularía por la facultad hasta llegar a caer en las
manos precisas que lo hicieran llegar a la universidad mejicana, y de
allí a su autora. Con más suerte, el ejemplar podía ser encontrado por
algún profesor que conociera personalmente a la catedrática Barreda y
ponerla en antecedentes de los deseos de su libro, sin que fuera
necesario que éste llegase a sus manos. Huelga decir que si alguien
conocía Eros y Tanatos al dedillo, esa era la catedrática; luego el fin no


era tanto que leyese el libro como que éste llegase a sus manos.

Después de conocidas las dos propuestas, Alina y Erasmo se miraron.
Sus ojos brillaron con idéntica luz, un resplandor común. Alzaron sus
manos y las entrechocaron en el aire. Los dos supieron al instante cuál
sería el juego a seguir, pondrían en circulación dos libros.