miércoles, 10 de octubre de 2012

XIV - El cuentista del círculo vicioso



La conversación se alargó durante cerca de dos horas. Habíamos

tomado asiento en unos sillones corridos que vestían un coqueto rincón.

Hablamos de mis cuentos y de sus análisis, de cómo yo escribía historias que

luego narraba a la gente, de cómo ella analizaba alimentos que luego comía la

gente. Qué coincidencia, descubríamos ya un poco dicharacheros, ambos

hacemos cosas para la gente. Nos reímos de la tontería. Tenía una sonrisa

preciosa que agrandaba sus ojos verdes, al contrario de la mía, que los

achinaba hasta hacerlos desaparecer casi por completo. En una de esas risas

alentadas por los mojitos, se nos aproximó una pareja. Ella era hermana de mi

acompañante; él, un conocido parlamentario, político de segunda división. Se

habían conocido poco antes de que lo hiciéramos nosotros y venían de una

discoteca cercana. La mujer se acercaba a comunicar a su hermana que no

pasaría la noche en casa. La autoridad con la que hablaba, y sobre todo su

aspecto físico, la encasillaban como la hermana mayor, a un solo escalón de la

cuarentena. La hermana menor aún no había alcanzado los treinta, aunque

tampoco me preocupaba.

Cuando se marcharon, Lidia, que así se llamaba la hermana mayor,

dejó las llaves de la casa sobre la mesa, sin duda un mensaje no verbal que

por carecer de cifrado quedó bastante claro para todos. Nosotros seguimos con

los mojitos, tal vez bebimos demasiados. A partir de cierto momento, todo

transcurrió sin prisas. Un taxi nos llevó despacio al corazón del barrio de San

Blas. Ella me subió a su casa en un ascensor que tardó una eternidad. Yo la

conduje a una cama mientras nos desnudábamos por el camino, no sé

siquiera si era su cama, pero sí recuerdo que fuimos sin prisas. Dormimos

juntos, quizá hiciéramos algo más, las pistas al menos apuntan a ello, pero no

lo recuerdo, tenía todo mi cuerpo ocupado en distinguir lo que era sangre de lo

que era mojito. Mi anfitriona dejó que durmiese hasta hartarme.

A las diez y cuarto de la mañana abrí los ojos, cinco minutos más tarde

fui capaz de recordar dónde me encontraba. Tomé el desayuno que me había

dejado servido, leí su nota de agradecimiento y bajé a la calle pensando que

algo debimos hacer aparte de dormir. Su hermana no había aparecido en todo

ese tiempo; el parlamentario debió tener su propia nota de agradecimiento.

Tomé un taxi que me devolviera a la calle Alameda. Cuando me disponía a

pagarle, observé un pequeño libro en el asiento posterior.


El llano en llamas, de Rulfo. Era un libro libre, no adscrito a ninguna biblioteca, libro sin dueño.



Se manejaba por el sistema de las tres eles: llévalo, léelo y libéralo. Lo había

leído hacía unos años, por lo que no me pareció oportuno cumplir sólo con dos

de las eles. Lo dejé donde se encontraba, pero me llevé una idea. Ya en casa,

comencé una nueva historia para contar.


La imaginación volvió a enfebrecerse por culpa de ese libro libre y volví



a la rutina del anterior invierno, deseando que llegase de nuevo el buen tiempo

que, como era de esperar, llegó al cabo de unos meses.

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