martes, 16 de octubre de 2012

XX - El cuentista del círculo vicioso

Guardó el libro en la maleta junto con el otro ejemplar y se fue a tomar
una cerveza con la intención de festejar el acontecimiento y ayudar a
pasar el tiempo hasta que saliese su avión. Fuera casual o fortuito, a
nuestro hombre de manos regordetas no le dejaba indiferente que el
mismo libro se cruzara dos veces en su camino. Eran las tres de la
tarde cuando al avión despegaba, acumulando unos minutos de
retraso, con destino a Ciudad de Méjico. Le esperaban doce largas horas
hasta volver a pisar tierra firme, demasiadas para quien el aire no es su
medio natural.

Hacía cerca de dos horas que su avión había aterrizado sin novedad. Se
entretuvo lo necesario para recoger la maleta, aún le quedaba un largo
camino hasta llegar a casa. Se durmió de nuevo en el taxi, como lo
había hecho en el avión. Sólo despertó con el ruido del tráfico del
bulevar Municipio Libre. Apreció a su izquierda, entre bostezos, la
ciudad universitaria, mientras el taxi tomaba la 24 Sur. Páreme aquí
mismo, le comentó al conductor. Estaba cerca de casa y le vendría bien
despejarse un poco caminando. Anduvo unos doscientos metros por la
calle Luis Napoleón Morones. La noche era fresca, como suelen serlo las
noches de agosto en Puebla. Paseando entre la tenue brisa, le asaltó
algún remordimiento sobre los libros. Quizá debería haber dejado
alguno en la terminal del aeropuerto, o haber ordenado al taxi que se
detuviera un momento a la altura de la ciudad universitaria y perder
inocentemente alguno de los ejemplares. Se consoló pensando que
nunca era tarde para hacerlo. Mañana mismo, sin más demora, podría
soltar a los dos pequeños y que siguieran su azarosa vida cultivando
mentes. Así lo haría, pero eso sería mañana. Hoy prefería revolcarse en
el placer que le embargaba el pecho por ser objeto de deseo de la
casualidad. Llevaba todo el día percibiendo los diez o doce latidos de
más por minuto que su corazón le estaba ofreciendo. Corría por sus
venas la hormona de la felicidad sin tener que dar a cambio esfuerzo
alguno, sólo tuvo que estar en el sitio oportuno en el momento
oportuno. Llevaba todas estas horas imaginando la cara que pondría su
esposa cuando se lo dijera. Gabriela, cariño, no te vas a imaginar lo que
me ha ocurrido, le diría.
Le enseñaría los libros, dos ejemplares de Eros y Tanatos, el libro que ella escribiera hace ahora tres años.

Las poco más de cincuenta personas que habían tenido la paciencia de escucharme hasta el final, aplaudieron tímidamente. Eran
los incondicionales, los compañeros de plaza. Se recibió más como una


comedia de final feliz, casi romántica si hubiese terminado en un largo
beso, de esos que gustan ver a las mujeres. Pero ese día, en la plaza,
apenas había mujeres. Fue mejor recibido el saludo y brote de la cabeza
entre mis hombros, que el propio relato. Pregunté a los allegados,
confiado en que me dieran una razón convincente del aparente fiasco y
su visión como espectadores. Las opiniones fueron unánimes. Se había
producido un abismo entre el personaje que narraba y aquello que
contaba. Debí haberlo previsto.

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