domingo, 7 de octubre de 2012

XII - El cuentista del círculo vicioso


La gente paseaba, iba y venía, pero pocos se sentaban, salvo que el sol

brillara un poco e invitara a ello. Se consumía noviembre y amaneció un día

soberbio para sentarse al sol. Marcel bajó las escalinatas de la iglesia y se

adentró en el sinuoso camino jalonado de álamos a medio vestir. Sus pies

avanzaban mientras su cabeza se retrasaba, con la confusa sensación de

quien ha olvidado algo. Vio una figura sentada en uno de los bancos. Un libro

abierto descansaba en sus manos. Las manos, también abiertas, descansaban

en sus rodillas. La tenue sombra de unas ramas desnutridas jugueteaba con

ella a taparla y destaparla. Era virtud de la brisa dar vida a las cosas cuando

yacían quietas. Los árboles agradecían esos empujones que les hacían olvidar

su fijeza al suelo. Marcel sintió como se conturbaba, prefirió que fuera Dakota

quien se acercara al asiento. Dio un primer rodeo por detrás para asegurarse

que era ella. Carecía de los elementos necesarios para valorar, salvo que era

mujer y leía. Ella no dio muestras de inquietud, ni aún cuando Dakota fue a

sentarse en el extremo opuesto del banco. Debía de ser ella, deseó Marcel. Sólo

Lectora permanecería inmersa en un libro de esa manera, imperturbable a

cuanto acaeciera a su alrededor. Dakota dijo algo, no mucho, lo suficiente

para romper el hielo. Las primeras miradas fueron de soslayo, luego fue

girando la cabeza hasta que sus ojos la abarcaron por completo. Mientras

Dakota hablaba del foro, de cómo quedó prendado con sus primeras

apariciones, de cómo se identificó con ella; Marcel no dejaba de mirarla. Bajo

el vencido sol de otoño, su cuerpo refulgía como el de una diosa. Atenea, sin

duda, sólo ella podría ser capaz de sumergirse en los libros de aquella manera.

Un libro, eso es lo que había olvidado, recordó de pronto Marcel. Dakota se

despidió de Lectora. Será sólo un momento, dijo. El tiempo que empleara en

llegar a casa, tomar un libro de la estantería y volver.

Cuando Marcel se adentró de nuevo en la alameda, un latigazo sacudió su

espalda, como si un rayo le hubiese entrado por la cabeza y salido por los pies.

Emprendió una loca carrera hacia el banco a la vez que gritaba como un

poseído. Dos jóvenes embrutecidos se ensañaban a patadas y golpes con

Lectora. La voz de un Marcel fuera de sí atronaba y amenazaba con enviarlos

directamente a los infiernos. Su ímpetu acobardó a los vándalos y provocó su

huída. Cuando Marcel llegó a la altura de Lectora, ésta yacía tumbada en el

banco. La mano izquierda, tronchada por la muñeca, seguía aferrada al libro,

que aún permanecía abierto por la misma página de siempre. Lectora no

sangraba y permanecía fría. No estaba muerta, las estatuas de bronce nunca

mueren. Lectora ya no miraba el libro, tenía sus metálicos ojos clavados en

unos que lloraban frente a ella. Marcel quiso apreciar unas lágrimas corriendo

por las bronceadas mejillas de Lectora, pero tal vez fueran las suyas, que

hicieron un pequeño alto antes de llorar sobre el suelo.”


He de decir que parte de la representación tuvo mucha aceptación entre el


público, en su mayoría jóvenes, que a medida que Dakota sufría decepciones,

ellos soltaban carcajadas que finalizaban con insultos solidarios del tipo “¡Qué

pringao!”, o bien, “¡Qué hijoputa el tío!”. Cuando llegaba el final, no obstante,

callaban las risas, como si ciertas actitudes se vivieran en carne propia. Yo me

sentía orgulloso y reconfortado al ver cómo ciertas emociones calaban en los

oyentes sin música o imágenes intencionadas que apoyaran las palabras.

Hubo un día donde los asistentes debieron pensar que aquella actuación no

era más que la excentricidad de un cómico loco. Y como tal la recibieron. Se

armó tal algarabía de vítores y aplausos que un súbito impulso me llevó a

saludar como en anteriores actuaciones, con tan mala fortuna que el armazón

se venció hacia adelante arrastrándome con él. Quedé en aquella postura

imbécil, sin poder incorporarme ni moverme hacia los lados, donde la única

salida pasaba por romper la malla de lycra para poder desembarazarme de mi

celda. Aquella situación provocó un delirio de risas y aplausos que me hicieron

preguntarme si pisaba la senda correcta. Yo pretendía ser cuentista, actor en

último extremo, pero estaba dando la imagen de un payaso sin proponérmelo.

Ese contratiempo hizo que me sumiera en un período de reflexión, que resultó

previo a la toma de una drástica decisión.

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