martes, 9 de octubre de 2012

XIII - El cuentista del círculo vicioso


Aunque los días eran aún dulces y brindaban la posibilidad de seguir

con las actuaciones, decidí que era momento de retirarse a la torre de marfil y

preparar la siguiente temporada. Económicamente no había sido un mal

verano, tampoco era yo hombre de excesos. Cuando uno decide dedicarse en

la vida a este tipo de actividades improductivas -y si me apuran, inútiles- debe

aprender a manejar con soltura la hebilla del cinturón. Comencé por el

principio, que es por donde se debe comenzar todo aquello que reclama un

final. Cambiar de indumentaria fue la tarea que me impuse antes de nada.

Debía elegir un buen disfraz, uno con el que la gente me identificara como el

cuentista de la Plaza Mayor. Me había ganado un público fiel y no parecía

mala idea que me asociaran a una imagen. Para ello no valía cualquier

imagen, no servía cualquier disfraz. Dediqué muchas horas a husmear por

librerías y bibliotecas hasta que encontré una fuente inagotable de

inspiración. Era un volumen enorme, deliciosamente pesado, donde

permanecían encerradas todas las criaturas que mitómanos, embusteros y

adorables soñadores habían creado durante siglos.


Enciclopedia de las cosas

que nunca existieron


, así se presentaba aquel mundo maravilloso compendiado


por Michael Page y bellamente ilustrado por Robert Ingpen. Ahí estaban desde

Yggdrasil a Bunyil, del basilisco a los trasgos, Avalón y Kôr, los augures y el

espejo del Preste Juan y... Sleepy Hollow. Leí con atención cómo describía el

adormecimiento y atmósfera letárgica que habita aquella comunidad

escondida entre colinas a orillas del río Hudson. Dicen que el lugar está

embrujado por el espíritu de alguno de los jefes indios que allí habitaban, pero

sobre todo por un fantasma, éste más real... No cabía duda. Ese soldado

decapitado era mi


hombre. Fue así como recordé aquel personaje que


inmortalizara Washington Irving en


La Leyenda de Sleepy Hollow. La figura del


Jinete sin Cabeza


sería mi marca. Fui madurando la idea en la cabeza –en la


mía- y acabé enamorándome de las posibilidades que ofrecía. Elaboré la

decapitada cabeza con látex sobre un molde de otra cabeza de cartón piedra,

de esas que pueblan los escaparates de moda, curtidas en mil batallas, que

soportan con la misma estoicidad vestir una americana de Armani que unos

calzoncillos del Barcelona. Planté sobre ella una peluca de pelo natural, entre

canoso y albino que agarró como la hiedra. Decoré sus gestos con toda la

maña que mis manos fueron capaces. Acoplé unos pequeños altavoces en su

interior y aquella cabeza huérfana de cuerpo quedó lista. Lista para ver la luz

y lista para ser el vehículo que utilizara el destino para volver a cruzarse por

delante de mi vida. El resto del disfraz fue menos laborioso, salvo que me llevó

mucho tiempo en idas y venidas a viejas tiendas mercerías del antiguo Madrid.

Había merecido un descanso y bajé una tarde a la calle Huertas con la

intención de trasegar unas copas y perderme un poco entre gente que

anduviera con la cabeza unida a su cuerpo.


Era un miércoles de noviembre. La tarde acababa de marcharse y los garitos y


bares de Huertas no estaban aún muy frecuentados. Iba ya por mi tercer

mojito cuando percibí que alguien me debía estar mirando con insistencia. No

parecía ser una de esas miradas que pasan sobre ti buscando dónde posarse.

La mirada que fuese llevaba un tiempo plantada en mi cara, sentía su

quemazón en las mejillas. Disimulé muy mal observando todo el bar con

ligereza y dejando aquella mirada para el último momento. Era una mujer

rubia, de cara redonda y agraciada. Una blusa blanca, de botones muy

separados, dejaba entrever unos pechos que no querían sujetador. Sus ojos

eran de un verde tan claro que hacía imposible detenerse en ellos sin colarse

hacia dentro. Se veía su alma a través de aquellos ojos, un ánimo sin aflicción

ni congoja, un alma en calma. No se entretuvo demasiado en juegos

adolescentes de mantener la mirada, se bajó del taburete y vino en mi busca.

Mi cara no le resultaba desconocida, dijo. No sé, contesté yo. Soy cuentista,

añadí.


(Continuará)

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