domingo, 7 de octubre de 2012

I - El cuentista del círculo vicioso





El cuentista del Círculo Vicioso

Soy cuentista. Mejor dicho, lo era. De aquellos a quienes el destino parece

seguir con más celo que a otros. El destino es astuto, al menos aquel que ha

hecho del perseguir mi sombra la misión de su existencia, espera siempre el

momento más inapropiado para que su camino coincida con el mío y derramar

el vaso de mi buena suerte. Ya necesito ambas manos para contar los

encontronazos con ese astuto invisible del que os hablo. Escuchad, si no.

Cuando sobrevenía el mal tiempo me encerraba en mi pequeño estudio, una

buhardilla alquilada en la calle Alameda. Me dedicaba a escribir y escribir,

enfebrecido por ataques de imaginación. De nada servían el guardar cama y

tomar antipiréticos de farmacia, cuando estas calenturas llegaban. Solo un

remedio se mostraba eficaz: dejar que la temperatura descendiera por

hombros, brazos y manos hasta pasarse al ordenador que utilizaba. Sabía que

era buen remedio porque cada noche, al acostarme, me encontraba cansado y

menos ardoroso. El ordenador, sin embargo, despedía un calor inusual en él.

A la calle procuraba salir lo menos posible, sólo para hacer alguna compra y

avituallar la nevera. En aquellos metros cúbicos de buhardilla pasaba los

rigores del invierno. No es que no hubiera calefacción, el ático estaba equipado

con radiadores de agua caliente cubriendo, a modo de zócalo, toda la pared

lindante con la calle, el inconveniente es que el agua debía calentarse, y pagar

por ello mensualmente, algo que yo no podía garantizar. Unas buenas mantas

eran suficientes y si el frío se tornaba insoportable, adelantaba la hora de

acostarme. Cuando las mantas y el grueso jersey de lana comenzaban a

incomodar, había llegado el momento del cambio y mi biorritmo se adaptaba a

la nueva estación, aunque estuviera aún por llegar. Era entonces cuando me

echaba a la calle desde la mañana a la noche. Comenzaba el tiempo de narrar

a la gente todo cuanto había escrito durante los meses de frío. Con el buen

tiempo brotaba el cuentista y florecía mi verbo.

(Continuará)

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