sábado, 13 de octubre de 2012

XVII - El cuentista del círculo vicioso



Nada más acceder al recinto, descubrieron un banco que parecía
ocupado, aunque nadie se encontraba sentado en él. Su sombra y el
rumor del agua de una fuente cercana lo hacían candidato a lugar
elegido para leer Eros y Tanatos. El asiento era fabricado en piedra natural,

con el respaldo ergonómico para mejor descansar la espalda.
Unos libros esparcidos ocupaban el banco. Buscaron bajo el toldo que
formaban las ramas de los árboles al dueño de aquellos ejemplares, sólo
se movían los haces de luz solar que conseguían pasar la tupida
hojarasca. Volvieron los ojos a las cubiertas de los libros. Una historia
policíaca de autor que ellos desconocían, una novela de Marsé y un
volumen de relatos de Bolaño. Ambos alzaron la vista y una idea broto
de sus miradas encontradas. No necesitaron palabras. Al día siguiente,
Alina acompañó a su padre y su hermano cuando partieron para abrir
la papelería. Habilitaron un espacio en la zona de librería, junto a la
caja registradora. En él dispusieron los tres volúmenes encontrados en
el banco del parque. ¿Daría su dueño con ellos? No parecía algo muy
probable, pero los caminos del azar son insondables. Alina los bautizó
como los libros de la calle.
Su madre, observando a sus dos hijos, pensaba que quizá un
óvulo quedó fecundado y agazapado en su útero esperó la mayoría de
edad del otro para desarrollarse y venir al mundo. Pamplinas, decía su
marido. Cosas de madre. Todo obedecía a una de las muchas
casualidades que ofrecía la naturaleza. Más inexplicable que ésta no
creo que la encuentres, insistía su esposa. Por separado, no eran
grandes pensadores, al menos Alina. Sin embargo, uno de sus mayores
deleites cuando entrelazaban pensamientos era inventar propuestas
imposibles y, una vez enunciadas, concebir fórmulas creíbles para que
asuntos tan improbables se pudieran llevar a término. Lo extraño
permanecía invisible para cualquiera de ellos por separado, salvo que
hicieran de ello causa común. Cuando se hallaban en ese estado podían
hacer que hasta la luna se volviera y les mostrara su rostro oculto. El
dueño de los libros apareció. Resultó ser un hombre mayor que siempre
iba al parque con su cartera de piel negra con los libros a leer. Alguien
debió robar la cartera. Todo ladrón esconde un vago en su interior y
quien dio con la cartera prefirió llevársela vacía. Alina y Erasmo se
hallaban ahora estudiando, sentados frente a la mesa. Sus miradas
saltaron por la ventana y se perdieron por el parque.
 
- Mira esas golondrinas, Erasmo. Cuando se cruzan, descorren el telón
de aire y nos dejan ver la frondosidad de los árboles.

Se quedaron mirando cómo la tarde se iba despacio del parque,
apagada por la luz de las farolas.
 
- Ahí vuelven, Alina. Son las mismas de antes, se va la tarde y vuelven a
correr el aire por el estanque.

Hubo un tiempo de silencio entre ambos. Existen silencios tan densos
que acaban espesando el aire, no era el caso; era el de ellos un silencio
ligero y agradable. El sosiego se desvaneció a una propuesta de Erasmo.

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