domingo, 14 de octubre de 2012

XVIII - El cuentista del círculo vicioso

- Haremos que Eros y Tanatos sea encontrado por su autora en el banco
de un parque o en cualquier otro lugar. ¿Qué te parece la idea, Alina?

- Descabellada, preciosa, apasionante... La autora es Gabriela Barreda y
es catedrática de filosofía en la Benemérita Universidad Autónoma de
Puebla de Méjico, al menos eso dice en esta nota biográfica –dijo Alina,
mientras leía la parte posterior de la cubierta del libro.

Tomaron asiento la una junto al otro, sólo separados por un aire que
vibraba al ritmo de sus pensamientos. El sonido de las teclas de los
ordenadores comenzó a rebotar por las paredes de la habitación, como
un eco que tropezara una y otra vez consigo mismo. Las pantallas
emergentes se sucedían, solapándose las unas a las otras. Trabajaron
de manera frenética algo más de dos horas. No mediaron palabras, no
hacían falta. Sólo una música de fondo pasaba desapercibida, apagada
por los ritmos de percusión que producían los teclados. Cada uno
elaboró una propuesta. Alina sugería dejar el libro en la terminal del
aeropuerto de Madrid-Barajas. Habría que llegar hasta las puertas de
embarque de algún vuelo a Méjico DF. Si el libro era adoptado por algún
viajero, llegaría, al menos, hasta Ciudad de Méjico, a poco más de 120
kilómetros de Puebla. Siendo la cuarta ciudad más grande de Méjico,
parecía lógico pensar que al menos cincuenta personas, si se tomaba
como referencia un vuelo numeroso, pudieran ser o dirigirse a Puebla.
Las universidades Autónoma y Benemérita se hallaban muy juntas y
ubicadas en una de las principales arterias de la ciudad. Podría
esperarse que si la persona que recogía el libro era capaz de
entretenerse en leer la nota que escribieran y la biografía de la autora,
relacionase ambos, y sintiera la disposición de dejar el libro en las
inmediaciones de la ciudad universitaria. Una vez allí, era cuestión de
días que el libro llegase a las manos de la catedrática Gabriela Barreda.

El hermano había conducido su propuesta por otros caminos. Erasmo
conocía a un alumno de ética y sociología que cursaba sus estudios en
la facultad de filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. En
uno de sus días de clase podría perder el libro por allí. Para alguien que
se moviera con soltura por la facultad, era pan comido dejar el ejemplar
al alcance de un profesor. Entre colegas, un libro así dejado al azar no
debería pasar desapercibido, aunque ya lo conocieran. Con poca suerte,
tras leer la nota, circularía por la facultad hasta llegar a caer en las
manos precisas que lo hicieran llegar a la universidad mejicana, y de
allí a su autora. Con más suerte, el ejemplar podía ser encontrado por
algún profesor que conociera personalmente a la catedrática Barreda y
ponerla en antecedentes de los deseos de su libro, sin que fuera
necesario que éste llegase a sus manos. Huelga decir que si alguien
conocía Eros y Tanatos al dedillo, esa era la catedrática; luego el fin no


era tanto que leyese el libro como que éste llegase a sus manos.

Después de conocidas las dos propuestas, Alina y Erasmo se miraron.
Sus ojos brillaron con idéntica luz, un resplandor común. Alzaron sus
manos y las entrechocaron en el aire. Los dos supieron al instante cuál
sería el juego a seguir, pondrían en circulación dos libros.

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