domingo, 7 de octubre de 2012

VI - El cuentista del círculo vicioso


Estuvimos durante mucho tiempo con las sacudidas. Llegaron a ser tan
rutinarias como el marchar al trabajo, al que seguimos acudiendo todos en el
pueblo, excepto los maestros. La autoridad educativa había decidido que no
era buena idea que se cayera la escuela encima de los niños. Por ellas
sabíamos que los acontecimientos vividos en el pueblo eran un reflejo fiel de lo
que sucedía en todo el país, de lo que sucedía en toda Europa, de lo que
sucedía en el mundo entero. Los movimientos de la tierra seguían empeñados
en desconcertar a ciudadanos, políticos y científicos. En algún medio de
comunicación, bautizaron al fenómeno como

tormenta subterránea, ya que
llegaba sin previo aviso, en cualquier lugar del globo y con un ruido como de
trueno, que hacía temblar el suelo bajo los pies. Como las escuelas cerraron,
se pidió a los padres que obligaran a sus hijos a seguir los programas
educativos que emitían las cadenas de televisión, con carácter muy
excepcional. Salvo en aquellas fábricas y oficinas que habían sufrido daños de
relevancia, había que seguir acudiendo al trabajo. Se debía aparentar
normalidad, aunque no resultaba fácil. Por todo el mundo, muchas personas
decidían mudarse y cambiar de residencia a otros lugares. Los emigrantes
volvían a la seguridad que suponía encontrarse en familia y sentirse sacudidos
por la tierra que les vio nacer. Las zonas más menesterosas solicitaban a sus
gobiernos que las declarasen zonas catastróficas. Las peticiones no
prosperaban, tampoco hubiera tenido mucho sentido si la catástrofe
alcanzaba a todos los rincones conocidos. En las tertulias de la taberna
llegamos a la creencia de que los gobiernos acabarían sacando las cosas de
quicio. Allí nos organizamos enseguida y, con algunos pequeños cambios,
nuestro pueblo seguía funcionando. Mi padre y yo nos turnábamos con el
rebaño, para que siempre hubiera alguien en casa si nos visitaban los
temblores y se hiciera necesario atender posibles estropicios. Ningún niño se
quedaba solo en casa y eran repartidos por el vecindario al cuidado de algún
adulto. Las mujeres se alternaban para hacer las labores diarias; mientras
una vecina se encargaba de la compra, la otra cuidaba las dos casas. Se vivía
tal normalidad que, como siempre que ocurre alguna desgracia, muchos
éramos los perjudicados y algunos pocos salían beneficiados. A los dos
vinateros del pueblo se les enturbiaba o avinagraba el vino. Las tiendas
perdían mucho tiempo en volver a colocar las mercancías en sus estantes. La
bibliotecaria ordenaba una y otra vez los libros por algún secreto orden, que
sólo ella conocía, y que las continuas sacudidas se empeñaban en desordenar.
El cristalero, en cambio, vio incrementados sus pedidos de espejos y vidrios de
ventana. De los dos bares que despachaban tragos en el pueblo, uno de ellos,
el que se encontraba situado en el cruce de las

Tres cruces, vio mermada su
 
clientela. La taberna se ganó casi todos los bolsillos, gracias a la enorme
televisión de plasma que colgó de su pared meses atrás.
El resto del mundo debió padecer un síndrome distinto. Tanta gente
respirando del mismo aire acaba produciendo contagios, no sólo de
enfermedades, sino de histerias más o menos colectivas. Hay quien va más
allá y su sentido común se disuelve en el sentido común de los demás,
haciéndose demasiado común. Hacía dos días que el pueblo no había
temblado. Regresaba de encerrar el ganado, encaminé mis pasos hacia la
taberna en busca de algún tertuliano y algunas cervezas. Allí fui informado
que, al igual que nosotros nos juntábamos en la taberna, grandes multitudes
coincidían en las iglesias para rezar y pedir a sus dioses que dejaran de enviar
aquella trepidante plaga, que empezaba a hacer añicos a sus fieles.

(Continuará)

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